Para los presos condenados del gobierno romano, los instrumentos de muerte estaban preparados: el látigo, los clavos, la cruz, y el lugar de la crucifixión.
Entre ellos figuraba un ladrón llamado Barrabás (Juan 18.40), quien junto “con sus compañeros de motín… habían cometido homicidio en una revuelta”, Marcos 15.7. Las autoridades lo habían arrestado, juzgado y condenado a sufrir la agonizante muerte de crucifixión, una muerte que merecía por los crímenes que había cometido.
No sabemos lo que Barrabás había estado pensando mientras se aproximaba el terrible momento de su ejecución. Probablemente, resignado a su destino, había perdido toda esperanza de salvar su vida. Sería crucificado, una consecuencia que innegablemente era su culpa porque era responsable de sus pecados. Podemos imaginar que, cuando los verdugos se acercaron a él, quizás pensó que había llegado el momento decisivo. ¡Qué sorpresa cuando le dijeron que era libre! Tal vez los miró con incredulidad, pensando que era una broma cruel. Sin embargo, en pocos momentos caminaba por las calles de Jerusalén como un hombre completamente libre. Había pasado de muerte a vida.
No sabemos cuánto sabía Barrabás del motivo de su liberación, pero la Biblia enseña que otro murió en su lugar. Esa misma madrugada el Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, fue llevado a Pilato, el gobernador romano, para ser juzgado. Sin embargo, a diferencia de Barrabás, Jesucristo era completamente inocente. En toda su vida nunca había pecado. La Biblia dice que “no conoció pecado”, 2 Corintios 5.21, “no hizo pecado”, 1 Pedro 2.22, “y no hay pecado en él”, 1 Juan 3.5. De hecho, el juez mismo, después de interrogar al falsamente acusado Cristo, dijo repetidas veces: “Ningún delito hallo en este hombre”, Lucas 23.4,14. Jesucristo era enteramente sin culpa.
Nosotros, igual que Barrabás, hemos sido juzgados y condenados por nuestros pecados contra un Dios santo. “El que en él (Jesucristo) cree no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado”, Juan 3.18. Indudablemente somos culpables y merecedores del juicio eterno. Sin embargo, el mismo que tomó el lugar de Barrabás en la cruz también murió por los pecadores. “Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos”, Romanos 5.6. Ese día Jesucristo fue el sustituto. Barrabás podía haber dicho: “Él murió por mí”.
¿Qué hará usted con Jesucristo? Recíbalo como su Salvador, pasará “de muerte a vida”, Juan 5.24, y podrá decir: “Él murió por mí”.
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