Librado de la pena de muerte

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La noche del 10 de diciembre de 2003, la familia de Thomas “Bart” Whitaker, de Texas, fue sorprendida por una emboscada al entrar por la puerta principal de su casa. Un pistolero les disparó a los cuatro miembros de la familia y huyó por la puerta trasera. La mamá y el hijo menor de 19 años murieron, y Bart recibió un disparo en el brazo. Su papá, Kent, fue herido de gravedad, pero sobrevivió al ataque.

Las autoridades detuvieron al pistolero y al chofer del coche usado en la huida, y después de una investigación acusaron a Bart del complot contra su propia familia. Él, queriendo recibir la herencia de sus padres ricos, había contratado a dos compañeros para que llevaran a cabo su malvado plan. Luego huyó a México, donde vivió por más de un año bajo el nombre falso de Rudy Ríos.

Con el tiempo fue descubierto y las autoridades mexicanas lo entregaron a los Estados Unidos. A pesar de que su padre rogó que no fuera condenado a muerte, esa fue la sentencia de su juicio en el 2007. A lo largo de los años siguientes el fallo fue apelado varias veces, pero cada apelación fue rechazada. Finalmente el 1 de diciembre de 2017 se firmó su sentencia de muerte, y la fecha de ejecución quedó programada para el 22 de febrero de 2018.

Es sorprendente que en vez de buscar el juicio instantáneo de los que causaron la muerte de su Hijo, Dios expresó su disposición a perdonar
Quizás usted nunca haya sido encarcelado por homicidio, pero ¿sabía que es culpable de pecados graves contra Dios y por eso también merece la muerte? Dice Dios, el Juez justo: “El alma que pecare, ésa morirá”, Ezequiel 18.20, y “la paga del pecado es muerte”, Romanos 6.23. Según la ley penal Bart merecía la muerte, y según la ley divina nosotros también estamos condenados a la muerte.

Increíblemente para muchos, durante todos esos años Kent afirmó que había perdonado completamente a su hijo asesino, aunque él no lo merecía. Asimismo, Dios nos ofrece el perdón de nuestros pecados, aunque nunca lo mereceremos. Es difícil pensar que uno pudiera perdonar a la persona culpable de la muerte violenta de su esposa e hijo. El apóstol Pedro acusaba a la gente, que a Jesús nazareno, el Hijo de Dios, lo “prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole…” Hechos 2.22-23. Es sorprendente que en vez de buscar el juicio instantáneo de los que causaron la muerte de su Hijo, Dios expresó su disposición a perdonar. Dice Isaías en su libro: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar”, Isaías 55.6-7.

Lo triste de la historia es que, a pesar de que Kent había perdonado a su hijo personalmente, la ley todavía demandaba su muerte. El gobernador del estado de Texas había recibido peticiones de conmutar las sentencias de muerte de 30 prisioneros y había rechazado todas. El 22 de febrero, mientras Kent y algunos amigos oraban juntos minutos antes de ser guiados a la cámara de muerte para ver la ejecución del hijo condenado, de repente sonó el teléfono de Kent. Él lo contestó inmediatamente y lo puso en altavoz para que todos escucharan la noticia: A última hora el gobernador había mostrado clemencia y conmutado la sentencia a cadena perpetua. ¡Su hijo no sería ejecutado!

Esta historia nos conmueve al pensar en el poder del perdón, pero a la vez nos recuerda que el perdón humano siempre tiene sus límites. Aunque Bart fue librado de la pena de muerte, tendrá que vivir el resto de su vida encarcelado por sus crímenes.

Me da mucho gusto poder decirle que hay un perdón aún menos merecido, pero más generoso que el del papá de Bart. Cuando lo crucificaron, “Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, Lucas 23.34. El rey David, así como nosotros, era culpable de haber cometido pecados graves, pero llegó a confiar en Dios, a quien dijo: “Eres bueno y perdonador, y grande en misericordia para con todos los que te invocan”, Salmo 86.5. Kent escatimó a su hijo porque lo amaba. Pero Dios, por amor a nosotros, “no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”, Romanos 8.32. Ninguno de nosotros merece el perdón de pecados, pero Dios nos lo ofrece. ¿Usted lo tiene?

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