¿Esclavo, yo?

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“Jamás hemos sido esclavos de nadie”. Esa fue la respuesta que le dieron al Señor Jesucristo cuando habló sobre la libertad (Juan 8.33). Quienes dijeron esto estaban en ese momento bajo el yugo del Imperio Romano, aunque no lo querían reconocer. Pero no era a esa esclavitud a la que Cristo se refería.

Al leer esta revista usted podría estar siendo esclavo de algún vicio que lo está destruyendo, bien sea el alcohol, la pornografía, las drogas, o alguna otra cosa. Podría estar siendo víctima de una relación dañina, bien sea en el matrimonio o en el trabajo, o bajo el dominio y control abusivo de otra persona. Sea esta su situación o sea que sienta que su vida es tranquila y sin mayores problemas, quisiera hablarle de algo más serio y que afecta a todo ser humano, incluyéndolo a usted.

Dios dice en su Palabra: “De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado”, Juan 8.34. El pecado puede manifestarse a través de mentiras, enojo, malos pensamientos, fornicación, desobediencia, orgullo, pleitos, envidias, y muchas otras formas. Podemos esforzarnos por dejar un vicio o tratar de vencer alguna tentación en particular, sin embargo el pecado seguirá manifestándose de otras maneras. Como dijo el sabio Salomón: “No hay hombre que no peque”, 1 Reyes 8.46.

Quizás en su vida ha tenido este dilema: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago”, Romanos 7.15. El apóstol Pablo entendía por qué: “Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí”, Romanos 7.21. Aunque hay maldad a su alrededor, el mayor peligro que usted corre es por la maldad que tiene dentro y de la cual usted solo es responsable.

Dios es santo. Eso quiere decir que Él no puede pecar. Nosotros somos pecadores y, por lo tanto, esclavos del pecado. “Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado”, Juan 8.34. No podemos dejar de pecar ni nos podemos librar a nosotros mismos del pecado. Y por el pecado viene la condenación eterna.

Pero el Señor Jesucristo vino para “pregonar libertad a los cautivos… a poner en libertad a los oprimidos”, Lucas 4.18. Murió en la cruz y resucitó al tercer día. Él es el poderoso Salvador. “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”, Juan 8.36.

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